jueves, diciembre 07, 2006

ESTOY ENAMORADO DE MI PAÍS: LOS POETAS



Movimiento Hora Zero. Lima, setiembre 2006. XIII Plenario del V Congreso


EL PALERMO:


Y EL ASERRÍN ILUSTRADO

El bar es el templo de las melancolías, esa prostituta del recuerdo. Las ciudades sólo tienen alma si es que poseen bares. Ahí se halla su registro de ternuras y su canon de pasiones. Los limeños a partir de los cincuenta, casi todos, fueron pasajeros en algún momento de su vida de El Palermo, de La Colmena Izquierda en su cuadra once, fue aquella vicaría de la bohemia y el contrapunto intelectual, entre el aserrín y la noche interminable. El café bar entrañable donde los hombres y las botellas, fundaron la apasionada manera de vivir para la ilusión, los sueños y las utopías de la existencia perpetúa. De esto y de la travesía del Movimiento Hora Zero trata la crónica.














Escribe ELOY JÁUREGUI

i.m.  Eduardo Aguirre "Bola"


1. 
Lima entonces, era una ciudad que amanecía sus convulsos y digestivos años cincuentas. En aquel tiempo, la avenida Nicolás de Piérola, en el centro de la urbe y conocida por los lugareños como La Colmena ─antes que Camilo José Cela habitara en su propia colmena─, era un acrisolado bulevar donde la modernidad y la elegancia caminaban de la mano en medio de una arquitectura que se construya ante la imperiosa necesidad de establecer una urbe cosmopolita. En aquel entonces, Lima consolidaba una identidad urbanística única. Y sus gentes eran esos limeños que se paseaban por esa Colmena Izquierda ─llamada así desde la Plaza San Martín hacia los rumbos del Este─, pasmándose cada día con los nuevos establecimientos de luminosos escaparates, los flamantes restaurantes de neón, sus estrenados cafés de espejos centelleantes y todos sus rostros y todos sus personajes y todos sus sonidos.


Poeta Enrique Verástegui



Al llegar al Parque Universitario ─frente a la antigua casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos que le había otorgado ese título─ estaba situado un edificio de seis pisos de rasgos adustos. Era el hotel Colmena en la mismísima; hospedaje obligado para los inéditos limeños de nuevo cuño, habitantes precisos del estrenado tiempo de la creciente capital peruana. En las amplias tiendas del primer piso del hotel y gozando de cierto prestigio ya, el Café y heladería Palermo era parada necesaria para hacerse de una legalidad y prez ─-exigencia propia que la quisquillosa Lima solicitaba a sus coterráneos-─, amén de un momento de contrapunto social y unos cremosos helados, más para el espíritu que para el propio cuerpo.




Los inmigrantes italianos que llegaron al Perú desde el siglo pasado y masivamente después de la Segunda Guerra Mundial, se distinguieron en Lima por establecer sus comercios con aquellas esencias de su fibra peninsular: las pastas y facturas, las helados escrupulosamente batidos y por cierto, sus panes y pasteles generosos. La familia Cocchella era de la zona norte de la península italiana, gente trabajadora pero ocasional. El padre de los Cocchellas había llevado con esmero el negocio del Palermo y el hotel, pero sus intereses mayores estaban puestos en la industria metálica. En el verano de 1950, el respetable señor Cocchella, agotado de tiempo, coloca muy a su pesar un aviso en la vitrina principal de la cafetería: Traspaso tienda, precio moderado. Y esa ya es otra historia.


Tulio Mora leyéndo un poema de su último libro: Simulación de la máscara


2. 
Shinjo Kuniyoshi y su esposa Matsu Arashiro, después de observar con sosegada calma sus primeras 24 horas que pasaron en Lima aquel año de 1929 y luego de la travesía inenarrable de 58 días que los trajo desde Okinawa en el Japón, tomaron la decisión más trascendental de sus vidas: aquí nos quedamos, se dijeron y los dos agregaron sólo con el pensamiento y la mirada en ese mismo instante: hasta que la muerte nos separe. Dos hijos habían quedado en Okinawa, dos hijos que luego murieron en la gran guerra y que nunca volvieron a ver a sus padres porque don Santiago había prometido, al cabo de cinco años, regresar en mejor posición económica. Y desde ese mismo día en el Perú, el joven señor Shinjo pasó a llamarse Santiago y la joven señora Matsu tomó por nombre el de Margarita, ambos flamantes vecinos de las rumorosas y festivas calles porteñas del Callao.


Sérvulo Gutiérrez cuando no pintaba

Antes, muchos años antes, otras familias okinawenses se habían establecido no solamente en Lima sino a lo largo del valle del Alto Rímac al centro, en las valles de Chancay al norte y Cañete al sur. Casi todos, trabajaban en las duras y fatigosas faenas campesinas. Los que se quedaron a vivir en la capital, al principio como pequeños comerciantes ambulantes y ayudantes, se repartieron con familias y amigos, en los barrios del Cercado, La Victoria, Breña, Rímac y los Barrios Altos. Pero para ese entonces, los años cuarentas, ya se habían hecho de pequeños negocios, básicamente la conducción de reducidas bodegas, peluquerías, bares y cafés.


Poetas Miguel Burga y Jorge Pimentel.

Los Kuniyoshi no tardaron en fundar una encomendaría, especie de breve almacén, en la industrial y transitada Plaza Unión a donde se habían mudado con el fruto de sus primeras ganancias. Para Santiago Kuniyoshi, luego de los ingratos sucesos de 1940─1945 y que los afecto de sobre manera, la tienda no le fue ajena. Muchos de sus paisanos, convertidos en expertos comerciantes y luego de administrar el reconocimiento general por sus sacrificios, esfuerzos y superaciones propias, no dejaron de apoyar a la emprendedora familia Kuniyoshi que ya para esto había ido creciendo, también generosamente, con el nacimiento de diez hijos.


Poeta Martín Adán, ciudadano de El Palermo


3.

En El Palermo, don Santiago Kuniyoshi inicia el conocimiento de otro tipo de clientes. Todos llegaban a sus mesas de riguroso traje, cargados de libros y papeles, atados a conversaciones exaltadas e interminables que al principio él no comprendía. Pero don Santiago tenia otra facultad a parte de su palmaria tenacidad, le gustaba escuchar y mirar a los ojos. Así, cayó en cuenta que estaba al frente de una clientela clasificada. Cierto, su establecimiento se ubicaba frente a la universidad de San Marcos, la más prestigiosa y antigua de América. Cierto, estas personas eran distintas a aquella que lo frecuentaron en la encomendaría de la Plaza Unión. Cierto, era muy cierto entonces que había que tener otra aptitud y otro trato porque don Santiago estaba de acuerdo con esa máxima que aprendió muy bien y que decía que el cliente siempre tiene la razón.

El aprendizaje fue su acto mayor. Entonces de un tiempo para adelante, al regresar a su casa de la avenida Brasil, su esposa y sus hijos, observaban a don Santiago leyendo profundamente extraños libros, enigmáticas revistas, indescifrables documentos que el cuidaba que extrema reserva. Eran las publicaciones que sus nuevos amigos, aquellos que habitaban el universo de sus dominios, le prestaban u obsequiaban luego de sesudas y grandilocuentes explicaciones. Don Santiago no tardaría en cambiar. Asía se hizo más reflexivo. Si antes pasaba como un tipo silencioso y de palabras exactas, ahora parecía más bien un monje tibetano, confundido como un cliente más en una de los apartados, tratando de explicar el mundo a sus nuevos amigos que el llamaba “los pensadores”. Entonces, uno de sus hijos, el que más lo seguía, que también se llamaba Santiago y que ya asumía las responsabilidades que exigía el enorme Palermo, descubrí el origen de aquel cambio. El señor Kuniyoshi, había descubierto el casi inexpugnable universo de una buena parte de la intelectualidad peruana. Y ahora, el joven Santiago, había comenzado a seguir los atrevidos pasos de su padre.


El bar, cumbre de las pasiones líquidas

El Palermo era un establecimiento amplio, el más grande que se recuerde en la zona. La atención era esmerada pero nada especial en los servicios de la cafetería, el restaurante y el bar. En su primeros años, sus 22 mesas familiares, alfombradas de aserrín y tatuada por la efervescencia nocturna, albergaban casi las 24 horas de día a un conjunto que reunía a profesores y estudiantes de la universidad de San Marcos y alguno que otro de la Universidad Católica, la mayoría procedía de las Facultades de Letras y de Derecho. Pero también eran clientes conspicuos, toda la feligresía periodística, porque hasta allí llegaban, al cierre de la edición, toda laya de gente de prensa: redactores y reporteros de La Prensa, La Crónica y El Comercio, los diarios más importantes de aquel entonces.


Dos cervezas y la soledad solemne


4. 
El lugar, atraía por varias razones que no eran por cierto el decorado y su escenografía. Era un café y bar como otros cualquiera que existían en los predios de la universidad, el Parque Universitario o la Plaza San Martín. No obstante, la apacible contemplación que observaba don Santiago y sus hijos, la solícita atención que practicaban los mozos ─Broncano, Linares y Vitelio─ y que satisfacían las exigencias más extravagantes del clientelaje sin mayores dramas, era el encanto que trasuntaba ese Palermo de los años cincuentas. Porque los que llegaban con suficientes reservas económicas, podían ver sobre su mesa una buena botella de pisco peruano; los que lucían un presupuesto regular lograban atiborrar su espacio de cervezas y cigarrillos; los que mostraban exiguos recursos alcanzaba a tomarse algunas tasas de café; y los otros, aquellos que caminaban con los bolsillos vacíos, pues nada, se sentaban sin ser molestados y miraban pasar las horas y el mundo rodar.


Pintores Carlos Ostolaza y Oswaldo Higuchi
 

De repente se observaba en agitadas reuniones, juntos pero no confundidos, al novelista José María Arguedas y al maestro Raúl Porras Barrenechea, a los poetas Alberto Escobar y Francisco Bendezú, al estudiante de historia Pablo Macera, y al pedagogo Oscar Franco. A los periodistas Pedro Álvarez del Villar y al crítico y poeta Augusto Salazar Bondy. Al filosofo Víctor Li Carrillo y al estudiante de derecho Félix Arias Schereiber. Al sociólogo Aníbal Quijano y al narrador Eleodoro Vargas Vicuña --en el 55, recién llegado de Arequipa--, al poeta Juan Gonzalo Rose y al historiador Emilio Choy, al cuentista Oswaldo Reynoso y al crítico de cine Hugo Bravo, a las estudiantes de Letras --casi musas--, Esperanza Ruiz, Nécida Coronado y Evelina Gayoso. Todos, jóvenes personaje de un gran fresco que podía retratar la convulsa cultura peruana de los años cincuenta, años de la férrea dictadura militar del General Odría. La mayoría, asistentes en fervorosa procesión desde el leyendoso Patio de Letras de la universidad de San Marcos.


Poetas, Pimentel, Fernando Obregón, Angel Garrido y Eloy Jáuregui.

Otros, en sistemático ritual académico ─los poetas Pablo Guevara, Leopoldo Chiariarse, Washington Delgado y el escritor Julio Ramón Ribeyro─, llegaban en grupos acicalados desde los claustros de la universidad Católica y atiborraban el lugar con su irrecusable deseo de descubrir el Perú de las ideas y de los dédalos políticos de su coyuntura, hallaban, quién lo duda ahora, en el Palermo╗, la libertad que no encontraban en los espacios universitario que la sociedad peruana les había entregado para su continuidad. Si el mítico Bolar rejuraba que en uno de los baños había estrechado su diestra --y su siniestra también-- al mismísimo Ernesto Guevara, antes de ser el Che y antes de ser El Comandante, cuando estuvo de paso a la revolución y en moto. Y contiguos a otros escritores y poetas en ciernes, y junto a otros sublimados artistas de las letras y la plástica, y observados y comprendidos por la familia Kuniyoshi que los albergaban, inmigrantes también a su manera, componían un apasionado mosaico con esos otros parroquianos, la mayoría de clientes, foráneos en Lima, llegados desde el interior de las provincias del Perú a tomar posición en una geografía propia como ajena. 


5.  
Cierto, el Palermo se fue convirtiendo en capilla y catequesis, en aula alternativa y universidad de la propia vida. Aquel fue su atractivo y su pudor. Su exclusivo clientelaje sabía bien que ahí iba a encontrar a sus congéneres, a esos seres que vivían preocupados por el origen de las cosas, por la explicación de los fenómenos totales y por el fondo y la forma estética con que explicar que la vida existe de otra manera. Así, se tejían los diálogos profusos y cotidianos, triviales o trascendentes, triunfales o dramáticos, amargos o hedonistas. Y en cualquier momento hacía su ingreso un gran maestro o un irreverente poeta, un profundo filósofo o un cultivado periodista, un anecdótico pintor o un fulgurante novelista, todos reunidos en ese café y bar limeño que el tiempo convirtió en sala magna e institución.

En medio de esa bohemia y tertulia, la familia Kuniyoshi, don Santiago y sus hijos mayores, protagonizaron una función normativa. Se los respetaba como ellos respetaban el resplandor de las ideas que en esas mesas de El Palermo adquirían categoría de fe teológica. Se los respetaba porque el joven Santiago y su hermano Julio, en los años siguientes, persistieron en esa mutua atención y tomaron la posta dejada por el fundador de aquel lugar entrañable para artistas, pensadores y políticos, desde aquellos tiempos de los primeros años de la década del cincuenta. Porque Santiago y Julio, en tiempos posteriores ─ya existía el piano que era tocado por el maestro Freddy Ochoa cuando el Palermo era ya un snack bar─, con su proverbial protección, apoyaron y animaron publicaciones, presentaciones de libros y hasta respetuosas ceremonias para festejar un cumpleaños o la llegada o despedida de algún hijo ilustre de sus mesas.


Fundador de El Palermo, escritor Oswaldo Reynoso

Suele decirse que el gran poeta peruano Martín Adán fue el primer limeño certificado que inaugura la lúdica costumbre de asistir a el Palermo en las épocas de los italianos al final de la década del cuarenta. Le encantaba el tiempo detenido y el sordo estruendo de las ideas silentes y musicales ─según confesión de aparte─, y porque incluso en su horas más frenéticas ─que las había sobre todo los fines de semana─ era un simple y confuso bar, pero donde nadie lo molestaba ni interrumpía el discurrir de sus imágenes poéticas que escrupulosamente dejaba escritas en finas hojas de servilletas y que el mozo Broncano guardaban con sumiso respeto y para la posteridad.

Igual fervor habitaba en los sentimientos del notable pintor Víctor Humareda, quien todas las noches y mucho más en los años ochentas, se acercaba con su carga briosa de colores remojados en los vinos de su mundo cromático y secreto, a domar sus demonios y a contarle cada vez una historia distinta a Julio Kuniyoshi. Así, los espacios del mítico bar, albergaron en su momento a casi todos los militantes de la llamada Generación del 50, constructores de una revista emblemática: Letras Peruanas. Allí también se forjaron grupos y movimientos, los más importantes, aquel de los prosistas del grupo "Narración" en los años sesentas y su revista del mismo nombre. Un lustro más tarde, en casi la misma mesa, irrumpía con su sibilino universo integral el movimiento poético Hora Zero y todos sus manifiestos y toda su zarabanda de lúcidos locos tiernos.


Palermista, Poeta Cesareo "Chacho" Martínez

Y el Palermo de la familia Kuniyoshi, en aquel apasionante interregno, pertenece a la infinidad de páginas libres de la literatura peruana. Su nombre y su influencia se lee en la novela de Julio Ramón Ribeyro, Los geniecillos dominicales donde los protagonistas, todos jóvenes iconoclastas y al mismo tiempo revolucionarios e incendiarios, traman cambiar el universo al calor de sus ideas y en el esplendor de sus cervezas. Y ha quedado escrito también en célebres poemas, en cuentos y otras novelas como el marco de referencia de otras épocas, como registro vivencial y generacional ─la llamada Guerra Fría, la Revolución Cubana, la muerte del poeta guerrillero Javier Heraud, la Revolución Cultural china, las revueltas de París y Praga, el Chile de Allende y Pinochet y el Perú, desde los fastos de la dictadura odrista, pasando por la anémica gesta demócrata de Belaúnde y hasta la revolución del General Velasco─ en otras estatuas del tiempo.

A Julio Kuniyoshi, en la lejanía de los años, le compitió la ingrata tarea de cerrar el capítulo de un ilustre pasado de este mítico café-leyenda. Fue una noche de noviembre de 1989 cuando se bajaron definitivamente las puertas metálicas del Palermo. Cuarenta años habían pasado desde aquella vez cuando don Santiago o Shinjo Kuniyoshi había encendido las luces majestuosas de sus aposentos que iluminaron con su calor y resplandor a más de una generación de intelectuales, escritores y artistas, y que alguna vez escribieron en alguna de sus mesas, los versos abrumadores de sus vidas y de sus frescas presencias con las cualidades de los espejos de la memoria.

Yo recuerdo de niño ese fulgor y los estruendos que escapaban desde las entrañas de sus mesas del fondo y me preguntaba qué era aquello que se defendía con tanta pasión. Era el café de los ensueños, decían que decía mi padre, también activo concurrente y emisario de las influencias que de aquel Palermo se tejían para el mito. Después, hasta su barra llegue ya de adolescente a pedir una copa de pisco para el frío de la nueva vida, un picante cebiche para agarrar fiereza digestiva y una cerveza fría para soportar mis primeras calenturas ante la sensualidad de las partes ajenas. Años más tarde, en 1973, mi voz se hizo ronca porque ya instalado en una de sus mesas, y con otros jóvenes poetas del movimiento Hora Zero, gritaba cada vez más fuerte por las tardes, alto gritaba con los puños y de noche, para que el planeta oiga mi templanza y ahí ha quedado su filo y su ternura para rendirle este homenaje. 


Poetas Garrido, Jáuregui, fotógrafo Jorge Verástegui, Tulio Mora y Alberto "Cholín" Escalante.




NIETZSCHE Y EL PISCO VARGAS


No sólo Friedrich Nietzsche, más allá del bien y del mal, también desde su antiguo amor a la sabiduría no corrompida, aparecía Ortega y Gasset, y hasta el nirvana como fuente ideológica del fascismo germano, era el fuerte de Arthur Schopenhauer, en los gritos de Jorge Pimentel o Tulio Mora o Enrique Verástegui, jóvenes aún, entre los puchos de la vida y los cigarrillos prestados y las medias botellas de pisco Vargas y los capachos bien remachados. Kant se enfrentaba al general Velasco y la Reforma Agraria a Garcilaso. Así Kin Novak era más mujer que Laura Antonelli o al revés y Gladys Arista era más fiel que Cuchita Salazar. Y recitábamos a Thomas Nashe, poeta impuro del mil quinientos: "Una flor es la belleza, que se marcha y se consume... El polvo ha cerrado los ojos de Helen, es hora de morir estoy enfermo: señor ten piedad de nosotros. Así, a las cuatro de la mañana, apagábamos la luz del Palermo y todos nos íbamos a dormir con Helen. Y así lo recuerdo.

 

[LEER MÁS: "El más vil de los ofidios". Eloy Jáuregui, 2006]


8 comentarios:

Anónimo dijo...

No hay nada qué hacer Lachoy, Ud. es un bebedor de fondo...

Eljauregui dijo...

Fer:.
Ahora le puse fotos a lo de Hora Zero
Feliz Navidad

eloy

El Puñalón dijo...

Eloy;

El gran ausente en esa fantástica reuna de hora zero es Ramirez Ruiz..

Saludos,

PD.-Por el maestro Jorge Pimentel parece que no pasaran los años, todavía se ve Joven y Huracanado.

La nuez... dijo...

¡Poetas en la Chologósfera !!
Realmente macanudo, saludos Eloy.
Javier Prado

Carlos M. Sotomayor dijo...

Eloy:
¿Cómo estás? Genial la reunión de los Hora Zero. Saludos a Angel Garrido, a quien conoci en la maestría de literatura de la UNFV. Saludos a Jorge Verástegui (con quién llegué a trabajar en Liberación). Saludos también a Miguelito Burga, Enrique Verástegui, Jorge Pimentel, Carlos Ostolaza, a quienes conocí en algún momento. Saludos a todos.

Carlos Sotomayor Jr.

Carlos M. Sotomayor dijo...

Eloy:
¿Cómo estás? Genial la reunión de los Hora Zero. Saludos a Angel Garrido, a quien conoci en la maestría de literatura de la UNFV. Saludos a Jorge Verástegui (con quién llegué a trabajar en Liberación). Saludos también a Miguelito Burga, Enrique Verástegui, Jorge Pimentel, Carlos Ostolaza, a quienes conocí en algún momento. Saludos a todos.

Carlos Sotomayor Jr.

Jorge dijo...

QUÉ SUERTE QUE LEYENDO LA REPUBLICA EN INTERNET, EN EL SALVADOR, DONDE RESIDO,ME DI PRIMERO CON TU NOTITA SOBRE LA MUERTE DE KAPUCINSKY -SUPONGO UNO DE TUS MAESTROS REFERENCIALES DE PERIODISMO- Y, DEBAJO DE TU NOMBRE, EL ENLACE CON TU BLOG, DEL QUE NO HABIA TENIDO HASTA AHORA NINGUNA NOTICIA, Y POR CUYA APERTURA ME FELICITO EN TANTO CAZADOR ASIDUO DE LAS COSAS QUE ESCRIBES, QUE ENTIENDO MUY BIEN SIENDO ABANQUINO Y A PESAR DE NO HABER ENTRADO NUNCA AL MITICO PALERMO DE TUS SAUDADES, PORQUE EN EL FONDO, ELOY, SIENDO LIMEÑO TU TELON DE FONDO MENTAL ES EL PERU, TUYO Y MIO, QUE ES LO QUE NOS IDENTIFICA Y NOS HACE COMPATRIOTAS DE NUESTRA PATRIA ESPIRITUAL.
EN EFECTO, SIEMPRE QUE HE IDO A LIMA Y VISITO A MI PADRE EN SAN FELIPE, TU MANHATTAN, HE TRATADO DE ENCONTRARTE, SIN LOGRARLO. PREGUNTALE, SI NO, A SANDRO, EL PELUQUERO DE LUJO QUE TIENEN ALLI, CON EL QUE ME CORTO EL PELO SIN FALTA CADA VEZ QUE VOY A LIMA, O SEA VARIOS VECES AL AÑO, PUES ESTANDO FUERA DEL PAIS.

ESPERO QUE ME RECUERDES. COINCIDIMOS ALLA A COMIENZOS D ELOS 80 EN EL DIARIO DE MARKA, EN LA EPOCA DEL CABALLO ROJO, FAMOSO SUPLEMENTO CULTURAL DE ANTONIO CISNEROS, QUE ACOGIO UN ARTICULO MIO ACERCA DE CHABUCA GRANDA, QUE ACABABA DE MORIR. YO ESCRIBIA SOBRE POLITICA INTERNACIONAL, PUES ESTABA VOLUNTARIAMENTE RETIRADO DEL SERVICIO DIPLOMATICO, AL CUAL REGRESE CON EL PRIMER ALAN GARCIA, QUE ERA TODAVIA NO SOLO TERCERMUNDISTA, SINO TAMBIEN NO ALINEADO, VOLVIENDOME A SALIR EN 1992 Y VOLVIENDO A REGRESAR EN 1994 MOTIVADO ESTA VEZ POR EL SUELDO, PUES ESCRIBIENDO -QUE ES LA UNICA OTRA COSA QUE HE HECHO EN MI VIDA- ME MORIA DE HAMBRE. DSEDE ENTONCES HE SOBREVIVIDO LLEGANDO A MINISTRO EN EL SERVICIO DIPLOMATICO (SI FUERA MILITAR SERIA GENERAL DE BRIGADA). A FIN DE MES ESTARE POR JUNOS DIAS EN LIMA, DONDE ME ENCANTARIA SI NOS PUDIERAMOS VER. MIENTRAS TANTO, RECIBE UN FRATERNO ABRAZO.
JORGE BENAVIDES DE LA SOTTA

Kinua dijo...

Bares en video... en Presencia Cultural.

salud, maestro

kinua