jueves, noviembre 30, 2006

GRAVES CANTOS PÉLVICOS: ÁNGEL CANALES

EL DIAMANTE ENDIABLADO


«No, no no/ no me trates así: la libertad caballero/
no me la quites a mí...»

La libertad, lógico. [versión Eddie Palmieri]
Para Agustín Pérez Aldave



Imagínese, el hombre es distinto porque se sabe artista. Es diferente porque es irreverente. Es discrepante porque aunque ama su cultura popular, genera controversias. Imagínese, se llama Ángel Canales y nació en Ponce, Puerto Rico. Ese pueblo que parió a muchos grandes de la Salsa: Pappo Lucca, Eddie Palmieri, «Cheo» Feliciano, «Pete» El Conde Rodríguez y el entrañable Héctor Lavoe. Entonces, el hombre maneja la leyenda y el registro sonoro del tiempo inmemorial. Imagínese, ese hombre llegó a Lima en junio de 1992. Trajo su mejor banda y cantó una sola vez y hasta la madrugada tras los extramuros de la capital Hoy dicen que está muerto y otros que ya nos es de este mundo. Yo lo recuerdo así.

Por Eloy Jáuregui


Veamos. Miles Davis en el jazz. Acaso David Bowie en el rock, E.M. Cioran en la metafísica, Javier Conde en el toreo o Gal Costa en la lágrima bajoventral. Así es Ángel Canales en la música popular latina. Un ser extraño, una abstracción mítica con rabietas de leyenda, un exclusivo de los páramos de los populares inimaginados: un artista para ser leído después que pasó de moda; su moda, ese pretexto para ser texto de los coyunturales. Para otros, nosotros de la familia de la raza latina, los del espíritu Maestra Vida y del colectivo Mambo-inn.com, Canales es un imbricador galvanizante entre el símbolo y el diávolo, es decir, aquel que domina la tensión armónica de esa fuerza de contrarios, atracción/deconstrucción y desorden concertante de las arritmias del genio.

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Canales y su Orquesta Sabor en Lima en 1992.

Canta -porque hoy más que nunca está vivo-incluso cuando está callado. De esta manera es una voz esplendorosa antes, mucho antes que el silencio lo domine en estruendos. De este axioma se desprende que su registro no tiene tiempo. Es Matamoros y Caruso, Polaco Goyeneche y Panchito Riset, Orlando Contreras y Mario Bauzá. Y al ser atemporal, sus descaros tan caros, bien estaría ubicados en los trazos asiáticocaribeño de Wilfredo Lam o en un afiche en un teatro de Ámsterdam donde se lo anuncia como croner de la gran banda de Chico O'Farrill. Hay que oírlo en ayunas, mejor, después de hacer el amor, participando de la creación-recreación de un jazz afro-cubano, una plena abolerada, un cante jondo en conga, un ritmo libre atrincherado en duendes moriscos.

Embajador africano pasando por Andalucía y de soleras, Ángel Canales se adelantó no sólo en el tiempo [¡Fuera Perogrullo!] sino en el pellizco al arte flamenco del hoy hiperpromocionado Dieguito El Cigala [1] --Canales como el Diego juran que no les gusta la palabra fusión y ambos hubiesen preferido hablar de ‘sonidos negros’ a secas aunque yo no conozca esa palabra--. Canales, que es un sujeto-objeto de irradiación encriptada, desde Nueva York, el barrio de todos los barrios latinos y hasta el rincón más alejado de la brújula, ha prodigado su género único con sus antiguas formas armónicas, en el punto de la posmodernidad -asaltando incluso la linealidad del desarrollo del tiempo--, la memoria, el sueño fantasioso-ansioso, cierto, pero con la innovación propia de los cantores contemporáneos en el deslizamiento de su anclaje y memoria. Ni el laborioso free-jazz o acaso el tango que Piazzolla y en última de sus formas, la samba arquetípica del novo Brasil, imaginó un cantante transgénico de tal calaña.
Canales y Bobby Rodríguez y la Compañía

Cuando el Dr. Luis Delgado-Aparicio, en la tercera parte de su ensayo, «Clave de Sol / Son Mayor» [2], advierte que la música caribeña siempre habitó entre nosotros [en Lima, Callao, y todos los puertos de la costa peruana, hubiese agregado Agustín Pérez Aldave, no sin razón] asegurando que aunque la primera delegación musical cubana con Eliseo Grenet [autor del conocidísimo tango-congo "Mamá Inés"] llegó a Lima alrededor del decenio de mil novecientos veinte, su presencia cobra fuerza -el subrayado es mío-- a partir de mil novecientos cuarenta. Y aclara que desde esa fecha, es frecuente las visitas de artistas de la talla de Armando Oréfiche, Miguelito Valdez, Machito, Dámaso Pérez Prado, Rolando La Serie, Olga Guillot, Xiomara Alfaro y la Sonora Matancera y etc.; en realidad, lo que nos está informando el investigador, es que desde aquel tiempo existe un flujo tránsdisciplinario -una oleada, un vaivén, una circulación, un torrente mucilaginoso -rítmico-, de aquel gel de la dulzura. Melao de caña brava, según Maelo, tamarindo en jeringa intramuscular, acaso como señala el gran José ‘Chaqueta’ Piaggio.


A Canales lo conocíamos de a oídas antes de la Era de la Información. Quiero aclarar, en tiempos de las carabelas radiales y las grabaciones en el galeón del vinilo. Para los avezados del barrio, era quimera sólo sonora, leyenda apenas auditiva, fábula infestada de susurros, cuento sin fastos de tradición o invención con arrumacos de ficción. Era Canales un etéreo sonido alcanforado de registros que bajaba como quien oye una vista del amanecer en el trópico, a la manera de GCI. Era Canales en la opera de los fantasmas un ser para ser admirado de orejas para adentro. Era Canales aquel que no era y al mismo tiempo él mismo juraba que existía y para eso estaban sus discos; si bien es cierto que los nativos de mi esquina, unos años luego, dijeron haberlo visto llorar en un video donde entona: «Yo nací en Puerto Rico y en Nueva York me crié…» ["Lejos de Ti" de Antonio Tapia], pues el desconcierto rítmico era un concierto de vacilaciones.

Una tarde de junio de 1992 llegó la noticia. Ángel Canales venía a Lima, con banda propia, y para quedarse cual paradigma en el imaginario peruano y a romper los últimos sortilegios del pudor que lo negaba. No lo creímos pero fue cierto. Cierto también que Canales, hasta para eso era diferente. No llegaba en su momento de mayor esplendor. Varios años estaba alejado de la música, recuérdese que el tipo no solo daba el tipo para la música sino que también la vida le había confiado un tesoro, la joyería. Y Canales era experto en piedras preciosas por no decir que era honoris causa en diamantes. Si pues, un diferente. Para el gran Felipito Palacios, un extraño en el momento en que la cultura popular arrastra una corriente musical banalizada, de fútil registro y anodino devenir. Es decir, en aquel espacio que se crea luego de la explosión de los grandes de Fania y sus contemporáneos -los setenta, mediados de los ochenta- y hasta la llegada de la salsa erótica o de catre o de pelvis fáciles.

Canales así es contracultural porque articula una lógica simbólica lejos de las industrias culturales de su tiempo. El imperio de los sellos fueron brincados por su patogénico estilo y ese es su mérito. Cantaba lo que le gustaba y componía lo que quería y cuando le venía en gana. Como otros, no siempre dependió del estipendio de las regalías de las fábricas de la música. Ya lo dije, Canales era una joya que trabajaba con piedras preciosas, de ahí su ruta distintas y su destino por otro jardín de los senderos que se bifurcan. Entonces siempre tuvo aquello que le sobró a los otros: hambre. Él, hombre poderoso, con dinero o sin dinero, manejó su destino como conducía un BMW deportivo para llegar a Nueva Jersey o aquel Ferrari color bala que dicen que lo llevaba -en el juego de la vida- por las autopista del Miami de portentos.

Así llegó a nuestras playas tras larga para [3]. Coco Giles, el animador de ese entonces de cualesquiera fuese la fiesta de las caderas, lo anunció en la radio pero fue una promoción tan sui generis que incluso algunos dijeron que él que venía no era y él que se fue no hacia falta y que hace falta él que vendrá. Cosa de descreídos, gente de poca fe. Aquel 24 de junio de 1992, con el maestro Agustín Pérez Aldave, nos reunimos en una casa de unos amigos de Miraflores pasado el mediodía. Había que conversar el debut, y nosotros alquímicos y casi magos, entre los cubaslibres y los whisky en las rocas, escuchamos primero al Canales de los discos. ¡Vaya maestro! ¡Qué genio! Después, cuando anochecía, enrumbamos hacia el distrito de San Juan de Miraflores, el colegio Ruso de la avenida Pachacútec donde ‘El Diferente’ se haría ver por primera vez en la capital peruana. Canales había debutado la noche anterior en Ica, una provincia a 4 horas del sur de Lima, y ahora habitaba entre nosotros.

No existía ortodoxia ni concierto para ese segundo debut. El colegio era de los llamados públicos y no estaba bien puesto como se podrán imaginar. El sonido estaba aceptable para un artista normal y el escenario era un tabladillo y punto. Ángel Canales, les aseguro, hubiera preferido cantar en otro sitio y por momentos, la humildad del lugar le recordaría aquellos clubes del Brooklyn donde debutó a mediados de los sesenta bajo el ojo rítmico del pianista Marcolino Dimond, sí, aquel mismo del primer Willie Colón. Una banderola pegada en la pared del fondo decía: «Geldres Discos Shows / Les da la bienvenida. [Más abajo] Cristal en los Grandes Acontecimientos». No decía más. Al peruano Antonio Cartagena y su orquesta lo mandaron a calentar el ambiente. Cartagena había nacido en ese zonal pero no le valió absolutamente nada si saco verde pacae y su pantalón amarillo mango para que el público llegado de allende los mares del Callao, se aburriera olímpicamente ante el crédito nacional.

De pronto y cerca de la medianoche un bus aparcó junto al tabladillo. Bajaron personas entre sorprendidas y fastidiadas. Nada hacía de vestuario ni cosa que se le parezca. Para eso estaba el vehículo, la soledad, las ansias. Coco Giles pidió una clave con las palmas, y otra vez y otra vez. De pronto también, los músicos fueron colocándose y entraron a afinar sus instrumentos y 15 minutos antes de las 12 de la noche, Canales apareció en escena. Era un hombre moreno, fornido y rapado de cabeza. Vestía jeans, casaca de beisbolista y botas vaqueras todo un self-assured. Nada que ver con Miguelito Valdés y su camisa rumbera y con manga con bobos y en nada se parecía al robótico Bobby Cruz y su traje de predicador evangelista. Este Canales, cierto, era diferente. Y, un, dos tres, y la orquesta Sabor -Una dama en minifalda tocaba el saxo barítono, dos trombones, una trompeta, piano, bajo, timbales y congas-[4] se arrancó con el tema de saludo, Canales dirigía la banda como el Benny Moré, luego cogió el micrófono, dijo «Buena noches Lima», apagó todo, hizo afinar nuevamente, probó sonido otra vez, y ahora sí, el show empezó con el tema: "Sabor los Rumberos Nuevos". Ya lo dije, era diferente y recién se la creyeron.

Es una amalgama de las herencias moriscas, suplicante sabor de bulerías y rítmico ardor negro, lo dijimos ahí en la tarima mientras nos pasaron unas cervezas junto al gran Hugo Ábele y al destacado diseñador gráfico Ángel Hermoza, con quienes tuvimos la suerte de ser testigos de este espectáculo único en la misma tarima. Un video aficionado así lo demuestra. La leyenda cuenta que después, Canales no volvió a cantar como esa noche. Que en el Estadio de Alianza Lima, suspendieron en el concierto por pandillajes y bajas pasiones. Que en «La Máquina del Sabor Nro.3» no fue el mismo y que Canales juró antes de retorno que quería cantar en Madrid y Berlín y dejar la música para siempre. Yo sólo recuerdo a este ángel endemoniado que esa noche de junio nos dejó la huella fiel de su registro personal en "El Cantante y la Orquesta", la maravilla de son que fue su interpretación de "Sol de mi Vida", el encanto agamuzado del bolero "Dos Gardenias", el alucinante "La Vida es una Caja de Sorpresas". Yo sólo recuerdo que casi lloramos con «…Puerto Rico yo nunca dejaré de amarte», y que Canales se fue silbando el tango "Nostalgia" y nosotros todavía lo silbamos del corazón para adentro.

No sé, hay cantantes que nacieron para ser oídos a través de los parlantes de un equipo musical. Otros, como Canales, pasaron por la música para ser eternos y ser vistos con todos los sentidos y mejor, ser tocados por los ojos. Canales hoy vive enfermo de recuerdos. La salud se le fue y no la puede recordar así pague sus minutos con el peso de todos sus diamantes. Yo lo quise recordar desde que se apareció una tarde de 1970 en Nueva York al arreglista colombiano Eddie Martínez quien trabajaba con Mongo Santamaría y el «Guagua» Rivera se lo presentó como un joven humilde y respetuoso, con su bandita de puertorriqueños y sólo le pedieron al mejor arreglista de Fania: «maestro, queremos algo moderno. A su estilo, maestro». Ese día nació «Sabor de Canales», como esa noche que cuento, allá en San Juan de Miraflores, nació en mi cerebro su memoria cada día más intensa, entrañable, profunda y sonora. Canales era un diferente, como los genios, hoy es un clásico. Vida eterna, maestro.

1] Diego Ramón Jiménez Salazar, Madrid 1968, El Cigala. Estuvo en Lima en única presentación junto a Jesús «Chucho» Valdés. Cierto, el hombre tiene magia. Canales también. Lástima que cantara en un cuartel.

[2] Ensayo en tres partes publicado en esta página Mambo-Inn.com, en el link «Maestra Vida». El Dr. Luis Delgado-Aparicio Porta, es el conductor y productor del Programa del mismo nombre des el inicio de la década de los ochenta.

[3] Cuando el público de Lima le pidió que interpretara "Brujería", el maestro Canales contó sobre el escenario que no tenía las partituras de ese ni de otro tema porque se le habían extraviado y que recién estaba recomponiendo su repertorio escribiendo otra vez su canciones con el maestro Ángel Torres.

[4] Si la voz de Canales es curiosa y "diferente", el sonido de su banda no se queda atrás, es la reunión de músicos internacionales que aman la irreverencia latina. Tiene en su nómina japoneses, judíos, norteamericanos y europeos. Claro, y el sabor de los latinos. Hasta mediados de los 80, Canales había grabado unos 10 LP, ocho de ellos en su propia compañía SELANAC. La Compañía de Bobby Rodríguez tiene en su haber unos 7 LPs, incluyendo el del 87 Juntos Otra Vez, en donde se reunieron los músicos fundadores.


[TOMADO DEL LIBRO "Pa' Bravo yo" Una historia de la música latina. Eloy Jáuregui, 2007.]





3 comentarios:

SERGIO dijo...

ACTUALMENTE, NO SE SABE NADA DE ANGEL CANALES, ¿ES CIERTO QUE MURIO? SI ES ASI COMO MURIO, Y SI ESTA VIVO, ¿CUAL ES EL ESTADO DE SU SALUD?

ANGEL CANALES EMULO dijo...

No ha muerto,esta vivo y muy enfermo en Miami, pero su talento esta y seguirá vivo eternamente en su musica. Diios lo bendiga.

Francisco Ortiz dijo...

Excelente historia, redacción y lenguaje, siento envidia de la buena al no haber podido disfrutar algo así en persona, Canales es un monstruo de la música latina y considero que lo representaste con toda claridad en tus palabras. Esta muy claro que el talento trasciende hasta la muerte, que este vivo o muerto no es lo importante, pues será eterno en la música y en el latir rítmico y arrítmico de nuestros corazones. Salud
Francisco Ortiz
Bogota-Colombia.